Kill or be killed: El tenaz moribundo

Por Aldo Iván Espinosa. Publicado originalmente en Comikaze #35.

 

No veo más que una sola cosa: la miseria de los hombres.

Goethe, Fausto.

 

¿Qué tienes qué hacer para que la policía de Nueva York, la mafia rusa o tu novia intenten ponerte tras las rejas, bajo tierra, o en un manicomio? Muy poco: salir una vez al mes a matar proxenetas, pedófilos, defraudadores, traficantes, y decir que es la cuota que el diablo te exige cada treinta días a cambio de tu alma. Ni que fuera para tanto.

Los demonios y sus días

En algún momento de su historia la Santa Inquisición se dio cuenta de que no podía quemar gente a tontas y a locas sin ningún otro criterio que la burda acusación, el mero señalamiento o la pura sospecha. El Malleus maleficarum, o El martillo de los brujos como se le conoce popularmente, es resultado de la necesidad de legislar, legalizar y legitimar la temible cacería de brujas que el Santo Oficio había desatado. Manual de procedimientos judiciales para descubrir si un individuo estaba poseído o en contubernio con las fuerzas del mal, el Malleus partía de la certeza absoluta de que el diablo y sus poderes, sus intereses, su reino de este mundo, realmente existían.

 

Pero supongamos que ustedes, queridos lectores de Comikaze, son hombres y mujeres de su siglo desmitificador y de racionalismos imperantes, y que eso del diablo les viene guango. El diablo no existe, afirman, y se ríen a carcajadas cuando lo oyen mencionar. Creencia de pacatos, dirán. Y quizá sí. Sin embargo, dice Jeffrey Burton Russell, no creer en la existencia del demonio puede derivar en no creer en la existencia del mal. Y eso es un error, aclara, porque el mal siempre ha existido, y no es otra cosa que infligir dolor deliberadamente a un ser capaz de sentirlo. Y sabemos que el dolor es real porque lo hemos experimentado o porque se lo hemos hecho experimentar a otros. Nos hacen mal o nosotros lo hacemos, y entonces dejamos de reírnos.

Es que todos sabemos morir, ¡pero pocos sabemos matar!

Dylan, un universitario experto en demorar las decisiones importantes de la vida, ha llegado a los 28 años teniendo una existencia más bien problemática y mediocre, aderezada por el suicidio de su padre durante su infancia, y un primer intento de suicidio (sí, el primero) que lo alejó una temporada de la escuela. Incapaz de aprovechar las oportunidades cuando se le presentan permitió, en el colmo de la dejadez, que su compañero de cuarto, Mason, comenzara a acostarse con Kira, su mejor amiga y quien, para profundizar su drama personal, resulta ser el verdadero amor de su atribulada vida.

 

Siguiendo el patrón de buenas decisiones que lo ha llevado a ser quien es, Dylan decide saltar desde la azotea de su edificio una noche en que, sin querer pero también sin perder detalle, escucha a Kira comentarle a Mason que siente una profunda lástima por aquél. Herido en su amor propio, el ahora dos veces suicida se arroja al vacío pleno de una convicción que lo abandona a mitad de la caída: de pronto y en el aire, Dylan se da cuenta de que quiere vivir.

Lo que sucede a continuación es el colmo de su zozobra: sobreviviente y todavía recuperándose del susto de su segunda intentona, Dylan regresa al departamento sólo para descubrir que un demonio (Mefistófeles, Belcebú, Lucifer, todos ellos o ninguno) lo espera en su cuarto. Palabras más palabras menos, éste le informa que no ha sido la suerte ni Dios quien lo ha salvado sino él, y en pago por ese pacto tácito que establecieron al momento de la caída y el arrepentimiento, Dylan tendrá que matar una vez al mes a alguno de los tipos malos que abundan en el mundo. De no hacerlo, el Diablo vendrá de nuevo y se lo llevará.

 

Devil calls you by your name

Kill or be killed, escrito por Ed Brubaker y dibujado por Sean Phillips para Image Comics, entrelaza los temas del justiciero solitario y el pacto demoniaco en una fábula de inquisiciones modernas, donde un mal menor (cocer a escopetazos a traficantes, proxenetas, pedófilos, mafiosos) es herramienta dolorosa pero necesaria para alcanzar un bien mayor: la limpieza física y moral que este mundo necesita urgentemente, y que la ley no puede ni quiere proveer.

Inquisidor y verdugo, Dylan va convirtiéndose en el brazo ejecutor de un demonio que con los años ha aprendido a establecer pactos de ganar-ganar para ambas partes (tu alma a cambio de una misión en el mundo) y que ya no encuentra ingenuos fáusticos que se contentaban solamente con lujos, amor o conocimiento, y a los cuales resultaba más fácil engañar. En el pacto demoniaco de Kill or be killed se encuentra la postura mccarthiana de Meridiano de sangre, aquella que dice que entre el demonio y el individuo se establece un contrato por el simple hecho de estar los dos en el mundo, y que aquí se traduce en una encomienda más bien sencilla y de mera sobrevivencia: obligado por el diablo y preocupado al mismo tiempo por su entorno, Dylan se lanza temerariamente a deshacer entuertos sin otra virtud que la de jalar una y otra y otra vez del gatillo.

 

Y es que a menos que algún individuo muy decidido se tome como asunto personal que se haga justicia, diría Raymond Chandler, ésta no llegará y el crimen no se resolverá. Ese individuo decidido es Dylan, un ciudadano con pasamontañas rojo y escopeta en mano que dicta sentencia abriendo fuego por necesidad, por mecanismos de pólvora o por el infierno bien merecido. Porque de no hacerlo, ¿a dónde estaría yéndose el mundo? Al demonio, sin duda.

 

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Author: Aldo Ivan Espinosa

Es egresado de la carrera de Literatura y Ciencias del Lenguaje por parte de la Universidad del Claustro de Sor Juana donde dirigió la revista de la sociedad de alumnos Mediaciones del 2004 al 2006; ganó el primer lugar en el concurso El Quijote, 400 años después, convocado por la UCSJ en la modalidad de cuento, y el segundo lugar de cuento en el Concurso de Creación Literaria 2006, convocado por el VII Congreso Estudiantil de Crítica e Investigación Literarias de la UAM. Ha publicado crítica y creación literarias en las revistas Crítica, Registro (en sus versiones impresa y digital), Letrina (digital) y Comikaze.

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