Tras la máscara de Chamán

Por Carlos R. Bernal. Publicado originalmente en Comikaze #31 (mayo de 2016)

 

Los luchadores son un elemento muy arraigado en nuestra cultura. Sus proezas en el ring nos han hecho verlos como la versión más aproximada en carne y hueso a los superhéroes cuyas aventuras leemos en las páginas de los cómics, y no es sorpresa que en nuestro país sean usados como su equivalente comiquero.

Uno de estos personajes es Chamán, luchador y combatiente del crimen que vivió sólo una aventura (Bienvenido a la jungla), presentada en dos números editados por Mambo Comics en diciembre de 1995 y marzo de 1996, respectivamente.

¿Qué tuvo de particular este título aparecido hace dos décadas,  que es apenas una nota a pie de página en la gigantesca historia del cómic nacional? Pues se trata de uno de los primeros trabajos de los entonces noveles Sebastián Carrillo y Bernardo Fernández, mejor conocidos en el medio comiqueril como Bachan y Bef.

¿De qué trataba Chamán? En un futuro cercano, la Ciudad de México se ha vuelto un lugar hiperviolento, plagada de robos, secuestros y vicios. Por si fuera poco, las cosas empeoran al aparecer unos robots. Estos armatostes, pese a su aspecto torpe y hasta ridículo, demuestran ser altamente peligrosos, pues  causan muerte y destrucción durante su ola de crímenes. La mente detrás de ellos es El Candelero, un científico loco (que muchas veces da más pena que miedo) quien pone a la ciudad de espaldas contra la lona y amenaza con envenenar la reserva de agua a menos que se pague un millonario rescate.

Chamán se presenta ante el jefe de la policía y ofrece detener al villano en sólo 24 horas. El justiciero enmascarado inicia sus pesquisas y gracias a Bimba, una chica punk que le sirve de informante, descubre la guarida de El Candelero. Tras un infructuoso primer intento por atraparlo, el inexperto Chamán es capturado. Sólo un golpe de suerte logra salvarlo, y decide cambiar de estrategia y hacer que El Candelero lo persiga a él. Así, tras lograr que el sindicato de luchadores lo acepte, Chamán debuta en el cuadrilátero. El señuelo tiene éxito, pues el combate es interrumpido por El Candelero, quien reta a Chamán a una batalla a tres caídas y sin límite de tiempo por toda la ciudad.

Esto es, a grandes rasgos, la trama de Chamán, cuyo guión peca de inocente en ciertas partes. El dibujo de Bachan, no tan depurado y aún sin sus rasgos característicos, fue terreno para los pininos del coloreado digital.

De forma intencional o no, Chamán transpira el aire camp de una película de luchadores, con  robots dibujados como las clásicas botargas con cuerpos de boiler y adornados con los foquitos tan propios del género, y claro, con un superhéroe-luchador que es aceptado de buenas a primeras por el jefe de la policía para detener al villano que amenaza a la ciudad.

Los diálogos también son impagables: Chamán no existe, la máscara es un símbolo, quien está debajo no importa, es una línea que perfectamente se podría oír en una cinta del Enmascarado de Plata. Chamán estaba a medio segundo de que se le vieran los hilos y el hielo seco presentes en las cintas luchísticas para crear los efectos especiales más rupestres.

Aunque Chamán no pasó de su segundo asalto, puede decirse que su verdadera obra heroica trascendió al papel, ya que en la tercera de forros del primer número incluyó un directorio con las más importantes tiendas de cómics de la ciudad, en su mayoría hoy extintas. Tal vez ahora no parezca gran cosa, pero en la época pre-internet significó nuevas opciones para conseguir los cómics que nos alegraban las tardes de ocio y que no habríamos descubierto sin su ayuda. Gracias, Chamán, donde quiera que te encuentres. Por este noble acto ganaste un lugar en el olimpo de los luchadores.

 

 

Relevos australianos con Bef

Por Carlos R. Bernal y Jorge Tovalín

 

¿Cómo se unieron Bachan y tú al proyecto?

Leonardo Sepúlveda era empresario. Tenía una constructora que le dejó buen dinero y por eso se metió de editor. Era güero, de ojos azules, como español, metidísimo en el PRD de aquellos años; incluso fue candidato a diputado. Un tipo muy interesante al que se le ocurrió hacer un cómic de luchadores, pero no tenía idea de cómo hacerlo.

En ese entonces, Bachan y yo trabajábamos en el estudio de Antonio Gutiérrez. Yo estaba en el primer semestre de la carrera de Diseño, mientras que Bachan trabajaba con Remy Bastien en Joyas de la Literatura. De Leonardo, ya no recuerdo cómo nos contactó ni por dónde llegó, pero era una gran oportunidad de hacer un cómic al estilo gringo, con una historia muy sencilla, pues cada capítulo sería un caso como de detectives.

Antes de esto, Bachan y yo intentamos hacer un cómic con Macc División Historietas. Se iba a llamar El Águila, y trataría de un superhéroe luchador. Creo que Bachan sólo dibujó un número. Al final, muchas de las ideas que teníamos para eso las metimos en Chamán.

Escribí unos doce guiones, pero sólo se publicaron dos. Leonardo me pagó de todos modos los doce en efectivo, pues era un cuate muy formal. Recuerdo que nos pagaba bien, considerando que éramos dos chavitos de 18 años y que íbamos comenzando.

 

Recuerdo que yo hacía los guiones en formato de breakdown, luego los leía y aprobaba Leonardo, antes de que los dibujara Bachan, quien ilustró las portadas con aerógrafo, mientras que yo hice la cabeza del título. Cabe decir que Chamán fue de los primeros cómics mexicanos coloreados digitalmente. El primer número lo vectorizó [Román González] un amigo de Bachan clavado en las computadoras. En ese entonces el color digital estaba en pañales. Los primeros números de Chamán se escanearon, luego se vectorizaron en FreeHand y se colorearon pedacito por pedacito. Era una locura.

¿Disfrutaste trabajar en Chamán? ¿Por qué no continuó el proyecto?

Fue una experiencia magnífica. Imagínate tener 18 años y ver tu revista, con tu crédito, en un puesto de revistas. No sé cómo le iría si se publicara ahorita, pues era muy cara de producir y los tiempos de recuperación del cómic, tal como me había explicado Remy Bastien, eran muy largos.

Los voceadores eran cuates muy difíciles, decidían qué distribuir y qué no. Creo que lo de la mafia de la distribución siempre fue un mito, por lo menos en los cómics. Supongo que sí existía, pero más orientada a las revistas políticas. Mi evidencia de que era un mito es Rius, cuyas historietas se distribuían en todos lados. Lo que sí era un problema era cobrarles a los voceadores, un gremio de cuates muy rudos, mafiosos del tipo violento, empistolados, con un poder político gigantesco, sobre todo por los periódicos.

Además, imprimíamos el cómic a todo trapo, en una súper imprenta. Yo había propuesto que se hiciera en Artes Gráficas Panorama, la imprenta más lujosa de México, negocio de la familia Hiyama, de japo-mexicanos. Ellos estaban muy puestos, pero Leonardo decidió que mejor lo hiciera Offset Multicolor, que hacía todas las revistas a color de entonces, con volúmenes muy grandes. Panorama era caro, pero Offset también. A Leonardo eso no le importaba, porque le tenía mucho amor al proyecto.

¿Recuerdas alguna de las historias que se quedaron en el tintero?

En Chamán apareció El Candelero, que era una especie de Joker punk. La sidekick de Chamán, Bimba, fue aportación mía. También iba a aparecer un vampiro punk, y El Paisano, un narco norteño que inventó Leo. A éste me lo robé para mis novelas policiacas.

Recuerdo que teníamos planeadas historias delirantes, pura carrilla, pero con la coherencia de los superhéroes. Entonces yo leía mucho el Batman de Mike Barr y Alan Davis. Cada historia sería autoconclusiva, pero con un puente hacia la siguiente.

En cuanto a Leonardo, así como apareció de la nada, después desapareció y no tuve más contacto con él.

Author: Carlos R. Bernal

“El Cacha” es fan del cine de luchadores y cree que todas las películas del Santo entran en una misma continuidad. Sus más grandes (y únicos) logros en esta vida han sido conocer a Peter Capaldi y estudiar seis  semestres de Finanzas en la San Marino, lo que presume constantemente en Twitter con el nickname de @el_cacha.

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