El Transas: picardía de barrio

Por Eduardo Arredondo B. Publicado originalmente en Comikaze #27 (2019)

 

Unas de las cosas que caracterizan a un país como el nuestro es, sin lugar a duda, su gente. Siempre se dice que los mexicanos tienen una chispa inigualable, pues ante los ojos del mundo son amigables, alegres e ingeniosos. Es casi seguro que la mayoría de nosotros alguna vez haya conocido al clásico galán de barrio: bueno para el baile, diestro con los puños y encantador con las mujeres. Estas características han marcado a un sinfín de personajes a lo largo de la historia de la cultura popular, de Tin Tan a Pepe el Toro, pasando por El Pantera y Pancho Pistolas en Los Tres Caballeros, entre otros.

 

 

El Rey del Barrio

Fue precisamente el sello Editormex quien supo sacarle provecho a esta fórmula, pues a finales de los 70 lanzó a un personaje que capturó a la perfección la esencia  del seductor de barriada. Envidia de los hombres, presa de los deseos de las mujeres y enemigo jurado de la jornada de trabajo, El Transas fue creado por los maestros Ángel Morales y Héctor Macedo, con un estilo muy fiel a otro trabajo anterior suyo, Las aventuras de Capulina, que también compartió su humor sencillo, familiar, blanco.

 

También conocido como El Flaco, el protagonista de este título era retratado como el clásico gandalla capaz de correr cualquier aventura con tal de no trabajar. Así, los lectores pudieron verlo hacerse el loco (literalmente), fingir ceguera, embaucar a vecinos e incautos en la calle, o representar, por no decir explotar, a su tía, cuando esta demostró sorpresivos dotes para la tauromaquia. Eso sí, el galán nunca transaba antes del mediodía (la gente inteligente no se levanta tan de madrugada), y en caso de hacerlo, atiende su puerta enrollado en una cobija, para evitar un mal aire. Cabe decir que el título también presentó en varias ocasiones historias de la niñez del personaje, mostrando así que era vivillo desde chiquillo. De forma regular, en las andanzas de El Transas estaba involucrado su fiel compañero y amigo, un perro mestizo de cola corta, llamado Lucas, cuyos ladridos eran interpretados a la perfección por su dueño, quien incluso entablaba conversaciones con la mascota.

Para muchos de los personajes que lo rodeaban, tal vez El Transas era un paría social, un bueno para nada que estaba a la espera de ver quién caía en sus redes para asestarle un sablazo o aplicarle una jugarreta que le permitiera bajarle unos pesos. Pero no todo es lo que parece, pues El Transas tienen su corazoncito, es un humanista que, aunque quisiera hacerse el duro, sacaba su lado bueno a relucir y era capaz de desprenderse de su dinero, obtenido por métodos no necesariamente legales, para ayudar a quien más lo necesitara, o de recurrir a su astucia para auxiliar desinteresadamente a alguna familia en aprietos.

 

La ciudad de mis recuerdos

Con sus característicos trazos, limpios y sencillos, Héctor Macedo supo capturar la esencia del barrio y de la vida en las vecindades de ese México que ya sólo vive en la memoria de algunos y en los viejos álbumes fotográficos. En cada una de sus viñetas se sentía la influencia de Gabriel Vargas (La Familia Burrón), con sus camiones atiborrados de gente, la tamalera que servía atoles en un jarrito de barro, o el repartidor de pan en bicicleta.

Delgado, de labios muy gruesos como Tin Tan  (aunque sus habilidades como bailarín parecían un homenaje a Resortes), vestido con pantalón de mezclilla y chamarra de cuero, con peinado a la moda y dueño de unos ojos claros que eran la perdición de muchas féminas de la colonia y sus alrededores, El Transas era el modelo del galán de barrio.

Y como todo héroe debe tener su némesis, quién mejor para un taimado como El Transas que Teodoro, un guardián del orden con cabello corto, alto y fornido.  Mejor conocido como El Teco (en ese entonces a los policías se les llamaba tecolotes), éste era su más grande rival por el amor de Clarita, la vecina.

 

En cuanto a los argumentos, el maestro Morales usó el lenguaje urbano de manera sagaz y pícara, pero sin perder de vista el humor transparente que lo caracterizó en sus trabajos, por lo que en los globos de este título fue normal hallar palabras y frases como tatema, trompones, a lo machín, por si las moscas o eres más corriente que las galletas de animalitos, que retrataron el habla de los ciudadanos de a pie, haciendo que el lector se identificara fácilmente.

En la actualidad, El Transas podría parecer demasiado sencillo o burdo, pero eso no impidió que, cada semana, los lectores pasáramos un buen rato leyendo sus aventuras. El éxito de esta revista semanaria de mucho vacilón duró poco más de una década, hasta que se vio opacada por publicaciones de contenido más adulto y por la proliferación de cómics de licencia estadounidenses, haciendo que Editormex buscara nuevos horizontes para sus revistas.

Aunque El Transas contó con muchos lectores que disfrutaron de sus correrías, es curioso que actualmente se le recuerde muy poco, lo que es una pena, al tratarse de una de las mejores interpretaciones y adaptaciones de la agudeza del mexicano, lo que convirtió a este galán y su entorno en una experiencia que le fascinaría a cualquier sociólogo de la actualidad.

 

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Author: Eduardo Arredondo

De carácter complejo, pero bueno en el fondo, es lector de “cuentitos” desde antes de aprender a leer, un eterno enamorado del noveno arte en todas sus formas, así como un incansable promotor del mismo. Ha dado charlas sobre juguetes, coleccionables y cómics en escuelas, convenciones y alguno que otro evento. Confía más en los perros que en las personas.

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